A mis verdugos
Tengo mi templo de piedad.
A los que fueron mis verdugos
los reconozco con disfraz.
Una mañana de mi vida
me fusilaron sin dudar.
Me denostaron, me patearon
me desnudaron sin pudor.
Dejaron libres a la bestia
la que derrama oscuridad
y no supieron que mi alma
jamás podrían dominar.
Estuve siempre protegido
por la oración de la verdad.
Desde los muros de la madre
tierra vertiente de bondad
acude pronto a mi llamada
una maestra que ha de hablar
por los que pueden seguir siendo
desde las nubes un juglar.
Copyright © Beatriz Ojeda
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