A solas. Tras de tu cuerpo tibio, se adivina
un ansia que es constante y pecadora.
No existe en ella el nunca ni el ahora,
que a la pasión altiva recrimina.
Un dejo de lujuria te domina,
cuando mi mano toca en esta hora,
la luz resplandeciente de una aurora,
que en tu mejilla blanca se encamina.
Un breve murmurar y... todo es nada.
Tan solo se percibe en el vacío,
lo ignota que ha quedado tu mirada.
Unida por completa al cuerpo mío,
estás toda rendida y agotada,
fundida a mi calor y mi albeldrío.
Alberto
Madariaga
(2008)
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