1. Invitado, ven y descarga gratuitamente el tercer número de nuestra revista literaria digital "Eco y Latido"

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  1. Hay persianas obturadas

    que ruedan concéntricas

    en diferentes desniveles

    donde las aguas crepitan

    e insomnes buscan la palpitación

    de una vena, de una arteria, azuladas.

    Hay cónclaves iniciales

    letras diseñadas altares consumidos

    inermes torsos rectangulares mesas

    rostros abominables que retornan

    de sus hilos magnéticos y pusilánimes.

    Donde el alcohol muestra su signo

    y los antiguos esqueletos se llenan de amargura,

    y la vida deja de ser noble, y los debutantes

    inician su sendero con gestos inapelables.

    Hay sílabas prefijadas como signos escuetos

    al margen de las frentes, hediondas pistas

    de señuelos intocables, y márgenes doradas

    de símbolos dinásticos, monarquías derrumbadas

    que asolan los islotes fugitivos.

    Las hilanderas emplazan al lagarto,

    con sutiles amenazas, y sus largos terraplenes,

    de idénticas facciones, demuestran su lealtad

    con sonidos febriles y soterrados.

    Hay un tronco que dormita alas fúnebres

    un retórico demandando atenciones decaídas,

    y un misterio en cada puerta cuya humedad

    aparece domesticada, selva en un pozo de hierro.

    Los minerales visten, su delicada desnudez,

    con ferruginosas huertas, diamantes enternecidos

    por la brutalidad del hortelano suplicante.

    Hay, en fin, todas esas cosas que un día

    te conté-.



    ©
  2. Hay un lamento soterrado

    una cicatriz impuesta por ídolos nocivos,

    una vieja cartografía de nubes cuyo color

    se condensa, en estaciones de vapor, con

    líneas ferrocarriles estridentes y sumisas.

    Hay algún cuerpo exhausto

    un perfil de luna inexacta,

    un carbón incendiado que irradia el cielo,

    minerales de cartón piedra, que evocan

    una estampida de niños en su mayoría de edad reciente.

    Y un obsoleto cincel esperando el desgaste

    de los días. Un cinematógrafo compulsivo

    mostrando internas imágenes exteriores,

    unas trenzas dispersas sobre montones de heno,

    sobre montículos de arena empapada.

    La escultura insólita del aire con la avena,

    de la chica que llora su tristeza en mitad del desierto, en medio de una báscula abandonada.

    Eriales de dominio público, contagios de sangre,

    vómitos deseosos de mezclarse, confabulados dones

    de aves irredentas que suplen el hastío de sus cuerpos indomables. La yugular seccionada de un toro.

    Y hay una vieja tristeza insostenible, donde el luto

    de las avenidas silentes, cumple con ulular todavía

    adolescente. La materia degradante de un sexo humedecido por el viento húmedo, un saco de almendras.

    ©
  3. Rey de la angustia,

    tu infierno no será en balde,

    crepitarán junto a tus alas muertas,

    derribadas ansías invencibles,

    crepúsculos vívidos de razones desprestigiadas,

    operaciones silenciosas de múltiples atuendos:

    visitarán tus panteones, las luciérnagas invisibles

    y los espacios entre dientes de los anacrónicos moribundos.

    Vendrán tras días de lucha,

    las serpientes del alba, los combativos músculos

    de un depósito incendiado, la fiereza indómita

    de un cuerpo doblegado por el cansancio.

    Rey de la angustia, tu infierno no será baldío:

    vendré con la cara redonda a pacificar tus territorios.

    Será tu carne como breve piel exigua,

    un tormento de catedrales y una nación dormitorio,

    asolarán los contingentes de un millón de supervivientes.

    No importa que nadie entienda, tú te comprendes

    y te estimas; la sola fuerza de tu brazo irradia aprecio

    hacia la vida, aunque, y tal vez por eso, todo sea derrota.

    Rey de la angustia, curioso nativo de las horas lascivas,

    tu infierno no será en balde!



    ©
    A Francisca Avaria Muñoz le gusta esto.
  4. Arañando la superficie

    de un dedo investigado

    culmino con hoces las crepitaciones

    del llanto, y asesino, convencido,

    las manifestaciones del odio.

    Admiro, procaces los latidos,

    de un corazón rubicundo, que amonesta

    mi propia insatisfacción neutralizada.

    Escarbo los infatigables depósitos

    del miedo, donde un llanto es una voz,

    y un eco profundiza en horizontes tenues.

    De lascivas tierras prometidas, hasta

    el llanto de una nueva voz.

    Algo que empuja la savia bruta

    del nacimiento hasta las vísceras inquietas

    de la vida y de la tierra.

    ©
  5. I-.



    La noche no era todavía un magma de cosas frontales,

    de cosas u objetos duros como la carcoma o la polilla,

    sobresalían de su nido oscuros mandamientos, símbolos

    de una naturaleza superior que entretejía su manto divino.

    La noche era la ventisca o la lluvia infernales; el corazón

    desnudo ante los trémulos ecos del día, la voz secreta

    que anunciaba un sendero estrellado y espléndido.

    A veces los niños colgaban sus trajes y atuendos

    en la rozadura abollada de un pie, o mentían para no temer

    la vecindad de una mañana de hielo.

    En ocasiones pendían sus cuerpos de la ruptura de un alba

    que temía envejecer, o eran idólatras del trigo y el lúpulo.

    No era la noche un cuerpo sucio y venoso donde trasegar

    viejas canciones de ídolos malsanos, o la constelación de sonidos

    producidos por un oxidado bote de legumbres vacío.

    Tampoco, esa canción de llaves herméticas procurándose

    calor lejos de los abigarrados portalones sin secreto.

    Era, más bien, Simbad y los cuatro o los cinco ladrones

    a las puertas del sepulcro mágico, su sonrisa austera e inestimable.

    Pero andaban tropezándose

    ya, cada ruego con su deseo, cada hueso con su estallido, cada

    trozo de carne con su ebullición. Pero andaban los latidos

    con su insomnio de cosas purulentas y ofensivas, tramando

    jerarquías y odios tras el insondable verdor de un beso caído.

    Andaban los dioses juntando cielos y tierras, arenas y olvidos.

    Trajes con trajes. Formas con presiones. Yemas y dedos, profetas

    y avisperos. Nidos y muerte. Apenas salían los escolares,

    apenas nacían los días y las horas inmensas y fertilizables.



    II-.



    Luz ahogada con bocas de antaño, éstas esperan

    en la hora definitivamente manejable, coriácea, rectangular,

    de franca obsidiana o cristalizable. Luz inquebrantable que navegas

    rectilínea entre paraguas y exigentes monederos, investigas

    el vello y recibes recíprocamente los muslos con un guante

    de locura: mira, el cielo prosternarse ante el cuerpo inclinado

    de mi tierra. Viajo con la ternura incesante y el torso horizontal,

    traslado masas de agua a la carpeta escolar que araño con trozos

    de uña, y medito sobre un ingobernable eje otoñal.

    Mi cuerpo viaja asimismo con fracturas y divisiones,

    con fragmentos de plumajes invernales, constelado en determinadas

    superficies, instalado en lo insomne y abono de cuestiones

    terrestres, puramente. Inservible o inútil, mi cuerpo halla

    su bocanada de humo fuera de los recintos o templos.





    III-.



    Viajo, con utensilios dispares,

    hilvanando, metamorfosis del

    cuerpo, donde se inician insensatas

    las luces proclives a mañana.

    Viajo, con estultos ustedes,

    con diminutos entes glaciares,

    con vestigios dementes de gotas

    pusilánimes, en el fondo, ese pozo

    inacabable de estelas sin peces, sin

    viajes. Desbordado, por los fusiles

    del hambre, por las corrientes herméticas

    que produce un viento helado, viajo, sí,

    por tactos de manivelas y desniveles inauditos.

    Viajo, con pensamientos acotados,

    con navajas perfiladas, con antiguos

    ídolos que penetran mi cuerpo

    con su voz ausente, derribo, las toallas

    de la miel y el goce.





    IV-.



    Mi rostro en el espejo del baño,

    mi cara en el fondo del espejo,

    la caricia insolente de la bruma,

    el viaje, hacia el Norte, me despeja

    y me aturde, al mismo tiempo.

    Dibujo las hélices de un mar estentóreo,

    estridente, cuando baja la marea,

    opino de esto o de aquello.

    La voz, esa cocina de mitos,

    genera esta vez, matemáticas hiladas,

    un sueño de duras analogías

    quebrantadas en el fuego.

    Crepita todavía mi ceniza

    en el hogar abandonado.

    Mi caverna indolentemente

    produce su música de dolmen,

    la misma que antaño

    doró mis útiles defenestrados.



    ©
  6. Estas paredes gelatinosas

    cimbra el odio y la cólera

    conversas con lunas y astros

    en su ópera apenas caben

    humanos mutilados,

    ¿cortaste ya la boca? Oh diosa

    de los apaciguamientos bruscos,

    debemos plegar nuestros bultos

    y ser tu sombra, divinidad mía.

    Encontraremos asido a nuestro petate

    el borracho contumaz que deseamos suprimir.

    Hasta acabar con la reticencia de los labios,

    consumiremos diálogos y cuentos, será

    la noche, un aplauso de nieve sobre la nieve.

    Nos cortarán, no las alas, como corresponde,

    sino solo el sueño que fuimos una vez.

    Apretaremos los labios, con su increíble

    y fascinante jugo, hasta machacar la raíz

    impasible.

    Nos hallaremos dentro de ultramar.

    Aunque nunca, supongo, sabremos

    dónde nos encontramos, tan triste es

    una tumba.

    Nos visitarán quizás animales desconocidos

    solos en esta vida, como nosotros, más no

    cabe exigirles lo que a la mitad de nuestros congéneres.



    ©
  7. Hay gente que palpa mis pies

    su sombra se extiende de pared en pared

    rumia su soledad en la tristeza o en el desvarío

    donde asumen por completo su culpa

    la necedad y el delirio, esas copas vacías

    de ajenjo o absenta.

    Hay gente merodeando mis pies

    como duendes o elfos que rozaran mi cuello

    en bucle, cuando el mediodía

    renueva su participante alegría en mi jovialidad

    externa.

    Se retuerce como un muelle mi numen

    de osadía y vitalidad, remordimientos, eternidades

    vacías, donde pintan sus amuletos,

    largos ángeles de muérdago y nieve.

    Duermo en una ribera desconocida;

    duermo con la colcha separada de mí,

    mientras una multitud de sombras

    renacen para mi cuerpo tumefacto y herido.

    Hay gente que palpa mis pies

    son redes de oxígeno por instantes

    en su malla de pequeños huesos

    duermen junto a astros venerables.

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  8. La nieve se ensangrienta en mis manos

    va durmiendo el halo febril de acosadoras luces

    agigantando la flor acuática del Vesubio

    inhalando humos silvestres que fenecen en las piedras

    un raro grupo de contagiosas setas

    alegran las mañanas tardías de mi madre.

    Voy durmiendo yo también las mañanas,

    acostándome las noches y bebiendo aguas virginales.

    Desprovisto de señuelos o placebos

    indefenso por ley de amuletos taxativos

    indemne de luces o claros peñascos sucesivos

    protegido de ámbar en los lugares recónditos

    mis zonas de acuarela maldecida o de indómita belleza.

    La naturaleza suscribe mi forma indecisa

    preciso de genios para dormir mi cadera

    los muslos femeninos los sueño en vegetal madera

    hasta que alientan en ellos cuerpos y claroscuros.

    Recorro los días con latigazos en el cerebro

    mi vida confirma la sucesión de amistades,

    soy pueblo soy noche y soy latido entre vértebras

    caparazones donde rumian mis elefantes.

    Como polen, así duermo yo entre las lagartijas

    veneradas. Y ausculto el suelo y duermo entre botellas

    desvencijadas, animadas por un falso techo agrícola.

    ©
    A Damari y Pincoya76 les gusta esto.
  9. Te preguntarán, los de siempre,

    dónde vas, a dónde diriges

    tus pasos, te preguntarán los de abajo,

    sin voz, apenas hombres rígidos

    cuya sabiduría se muestra sólo ante la luna,

    dónde irás, con quién te juntarás,

    a quiénes asombrará tu falta de juicio.

    A ti, que muestras tu boca desdentada,

    tu saliva profética, tu espumarajo sin sal.

    A ti, cuya sombra es tan endeble, cuyo

    nudo de árboles medita bajo el dosel de sus ramas.

    En cuya debilidad Dios puso su fe y su triste

    esperanza aunadas. En quien Dios puso

    erguida la sombra de su esperanza, en cuyo

    advenimiento, sombras de tumba, bocas de lápida,

    todavía preguntan e inquieren.

    Te preguntan ya, los incinerados, los muertos

    boca abajo, las salivas de los odios apenas

    atestiguados, dónde, o cómo, o quién,

    o porqué, el caminar lento de tus pasos.

    Tú sobrevienes, dejas caer la capa de olvido,

    con sumo tesón de analfabeto en sus cuarteles,

    donde olvidas la mayoría de tus palabras,

    donde trituras los conceptos y las viejas glorias

    de tu vida.

    Donde se apaciguan los labios y juntan herméticamente

    los placeres castigados, las asesinas del vértigo,

    los aullidos de unas cárceles bien pobladas.

    Te inquieren, vociferan, protestan, honda

    y largamente, con su crujido hermafrodita

    los cansancios del vértigo, las protuberancias

    del norte, los que buscan lugares de recreo y de ocio.

    A ti, tan cansado como ellos, con lupanares

    y desiertos y ojos tristes en mitad de la frente;

    a ti, tan cansado y obvio como la mitad de ellos.

    Cuya sombra repite su igual contraparte.

    Cuyo sigilo de nube pudre los estandartes dorados.

    Cuyo laconismo medita bajo los árboles enramados.

    Cuya vivencia podría despoblar un camión de hombres,

    entero.

    Cuya experiencia sobrevuela los estanques con presidio

    de agua y de infamia.

    Cuya volubilidad es el agente del mal, enmascarado.

    Cuya agonía deja abiertas las venas para un mapa

    mal disparado, cuya ceja entreabre los pétalos de una flor

    asesinada, cuyo eje frontal lapida los enseres inmolados,

    cuyo vértigo renueva las cadencias del siglo,

    cuyo triste pie ha desguazado las leyendas sin origen

    los dardos sin pestilencia, las avenidas del espanto.

    Te preguntarán, cómo o por qué vienes, ahora,

    tras largos años abatido, en tu trono de hojas putrefactas,

    con helechos mojados de agua, con troncos partidos

    y con rostros partidos, con monedas en los labios.

    Dejarás un rostro, una moneda, unos labios

    en su aposento dorado, la larga crucifixión

    de un diente que torna amarillo los árboles caducos.

    Y tú medirás con insistencia la larga ornamentación

    de los árboles, los largos dientes del pozo, las hojas

    y las acequias despobladas de parásitos.

    Pero no estarás triste, será tu venida

    la larga avenida en contraste, el parte de un rey

    que organiza sus batallas, sus combates

    retenido en la amanecida.

    Vendrás con osamentas partidas

    con pulmones partidos y órganos ratificados

    con obsidianas y flores y pétalos secos

    y pistilos y estambres de otras estaciones.

    A ti cuya experiencia es el mundo en su conjunto.



    ©
  10. Dice la luna

    canta el pájaro en su bruma,

    inquieto perturbado o ebrio

    de fama celebridad o desacierto;

    familias completas te veneran

    oh, pájaro de las indecisiones,

    tu terrible pronóstico alberga

    mi venganza con su patético anillo

    tirado al fondo de un pozo de agua

    amarilla. La incertidumbre

    maneja sus depósitos de angustia

    lejos de los manantiales de recreo

    de mi infancia. Oh, eternidad, tan

    distante, ¿cuánto cuesta meterse

    en tus telas de doncella?

    ©
  11. De pequeño ya apuntaba maneras.

    Fiscalizaba tanto actitudes como aptitudes,

    envidiando torpemente a los que en ello

    se pulían y destacaban.

    Falsos modales de campesino, manos curtidas

    en los más elementales y sucios juegos.

    Mirada vidriosa, de observar lento;

    de caminar pausado, exiguo, austero.

    Su pedantería obvia, su sentido común,

    repulsivo; su sensatez, estrecha y desapacible.

    Elegía invariablemente lugares comunes,

    dinteles que ofrecían una repugnante muestra

    de la calidad de su pensamiento.

    Escoba de ciertos temperamentos disolutos,

    que en poco o en nada se le asemejaban,

    ninguna duda ni cavilación extrema perturbaron

    jamás sus días.

    Fue fraudulento hasta en la profesión elegida:

    falto de coraje, de tesón y de disciplina,

    pronto sintió la llamada a filas

    de la benemérita. Poco más puedo añadir,

    sólo que, a Dios gracias, ya no le veo:

    ni me estimó en lo que era, ni yo

    devalúe un ápice su fútil discurso. Más, no

    nos podemos pedir.



    ©
  12. Esto es lo que soy:

    un trozo de vida permanente y protegida,

    una garra, hercúlea y carcomida, penetrando

    las sombras del mediodía,

    un rectángulo fosforescente que invade

    islotes e islas, un glacial navegando

    inmóvil en un mar vegetativo,

    las sobras de un banquete desesperado,

    el pescuezo iracundo de las olas,

    los fósiles encontrados por una mano amiga.

    Desinventariado, mi consulado de nieblas

    yo practico. Esto es lo que soy:

    carne en apariencia, luz de taberna,

    ciudad desvanecida, fundada en la penumbra,

    centinela en la noche siempre vigilante,

    rocío que quiebra las pestañas, escarcha

    que promete cóleras de amanecida.

    Rectángulo ofensivo que acucia

    llamas encendidas, transcurso, sí,

    con una importancia. ©
    A Pincoya76 le gusta esto.
  13. Oh pudren palabras convencidas

    en su prurito natal las alcahuetas

    celestinas, refulgen con sus brillos azarosos

    tristezas omitidas desde el parto, destellos,

    azogues, fogosas mentiras, falaces dicterios:





    en tu hombro sutil y rodeado

    compañero, por amenazas derribadas

    contrariedades pacifistas, la cuerda

    que perturba con su imagen, estalactitas

    de carbunclo diseñado:







    busco, en la perforación inédita,

    un intruso militar, la venérea selva

    constatada en los abrojos incendiados,

    en las destartaladas zonas convulsivas

    donde adolecen mis miserias y las tuyas,

    al fin, reorganizadas:





    Oh, pudren, dignifican la palabra

    profana, el súbdito aquel que mantuvo

    su analfabetismo en perpetuo secreto,

    reyes vociferando sus proclamas y sus ripios

    certeros.





    ©
  14. De rutina llevo el cuerpo lleno.

    De hambre de otra vida y de blasfemias

    a lo lógico. De sótanos de agua

    y de estanques primaverales, mi alma

    no se cansa, aunque sé, que miento.

    Soy como un leño baldío e inflado.

    Soy ese mismo leño cuyo crecimiento

    no vale nada. De monotonía, y de hambre,

    llevo mi cuerpo lleno.





    ©
  15. Golpeas el cuerpo

    y surge el agua, de improviso,

    como un charco de estrellas,

    o como una cesta de diagonales acequias

    que se transmutan y se pierden en lontananza.

    Horizontes que conservo

    en mi vista delicada, sombras

    que ejercitan su memoria de flor

    en mi vida: te llevo, dentro del agua.

    Dentro del agua, te llevo. Madre.



    ©