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Han quebrantado la tregua acordada.
No les bastó con todos los metales acuñados.
La fama y la inteligencia no agotó su ansia.
Han escalado las murallas
y han penetrado en los jardines.
Su presencia ha mancillado
el aire que sustenta
el agua de las fuentes.
Nos hemos retirado a estancias interiores.
El Duende está en calma.
La Guardia se ha juramentado:
Antes morir que entregar la Plaza.
No estamos ya solos.
El ruido de los hierros
que esa gente obscura alcanza,
resuenan en los muros
de insólito alabastro,
pero no enmudecerán nunca
las últimas palabras:
Antes morir que entregar la Plaza.
Yo sé lo que ellos quieren
y en el tiempo les emplazo.
Nunca tendréis su corazón.
Nunca su alma.
Nunca su amor.
Antes morir que entregar la Plaza.