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Bajo el cielo azul de limoneros florecidos, se esparce un aroma a azahar intenso fragancia de los dioses, celestial regalo, pasear bajo tu sombra es un manjar sagrado.
Entre hojas verdes y frutos dorados, el jardín susurra cuentos de brujas de otros tiempos.
El sol acaricia la tierra con su luz, mientras el viento mece tus sueños con dulzor.
Caminar entre cítricos es navegar en un vergel, perderse en un mundo de paz y miel. El rumor de las hojas me invita a soñar, bajo el manto de limones, quiero descansar mirando a las nubes en su lento caminar.
Que el aroma del azahar me embriague, que la frescura de la sombra me hidrate. Limonero florido, tesoro sin par, en tu mágico abrazo quiero soñar.
Canta cigarra, canta al amanecer,
cuando andamos el camino
martirizados por los rayos
del Dios sol
derritiendo nuestras entrañas
como las rapaces
a sus desventuradas almas. Canta cigarra, en las asustadas viñas
en las redondeadas lomas,
en las frías cañadas,
donde los hombres honrados
se ganan el sustento
cada mañana. Huéleme rosa quiero dedicarte mi perfume
tan desventurado
como el rayo de sol
que mi piel exprimió. Ese sol, que me provoca pavor poderoso señor, como el del castillo,
con espada y cruz,
edad oscura de la humanidad
nos llevó a las cruzadas del amor.. Quiero cantar sin dar explicación como el canario en su prisión,
enjaulado trina
con resentimiento
como un trovador. Esos trovadores que endulzan mi bienestar
henchidos de sus cantares
como la violeta o el jazmín
en primavera
o el pensamiento
cuando la noche espera. Esa noche que me consuela cuando nos acostamos tú yo
en sabanas de seda
y nos amamos
como la luna al sol
o el fuego a la madera.
Mansamente, las olas se deforman amainando sobre la orilla
donde son engullidas,
acaba el mar y comienza la tierra;
después de un salto mortal, contra la arena. La luz del sol me ciega, el brillo del agua resplandece mi cabellera
y la inmensidad del océano, ante mí,
estremece mi pena. Momento solitario y triste mirando la inmensidad del océano,
observando, mudo quedo. Dejamos atrás las gaviotas con su vuelo de kamikaze,
las encrespadas espumas de las olas,
el sonido iracundo de las sirenas,
los barcos, imágenes en el horizonte,
un estallido de luz y colorido;
Brillantez que me extasía,
me lleva por caminos de felicidad recurrente,
en esta vida
donde la claridad es el reflejo de tu fuerza.
Donde el agua se lanza al abismo, descomponiéndose en miles de gotas, que se esparcen como las semillas sobre la tierra, en ese lugar, nace la naturaleza.
Una niebla envolviendo al valle, los abetos desaparecen, cuan fantasmas empujados por olas de ensueño, un espectáculo del cielo en la tierra.
Rocas milenarias gimiendo, su espalda el agua va esculpiendo, como un orfebre del tiempo; sombras profundas esconden su misterio.
Pupila palpitando, corazones dilatados, la naturaleza convertida en tiempo; y yo, pobre inmortal, solitario, paralizando el tiempo en este dormir, en un sueño verdadero.
Mientras, el agua, como velero sigue su camino, engullendo y dando vida, a todo lo maravilloso que palpita, en nuestra vida de sueño.
Yo que canté al sonido del agua, me enamoré de la noche, susurré los gemidos del amor y los hice míos, tal vez en algún momento raquítico de mi existencia.
Lloré por las flores muertas, caminé sobre las espaldas del prado verde, saludé a las guirnaldas de los blancos almendros, flores de pasión de mi vida.
Anduve por lomas sedientas, arroyos que apenas lloraban, solo lágrimas le quedaban, abrí la tierra y oí su lamento, gritos internos, fuegos del infierno .
Maldije al sol cuando me quemaba el aliento, a la bruma cuando me dejaba ciego, al árbol sin hojas, porque no cubría mi necesidad de un valle de bosque fresco.
Yo, este hombre sediento de amor, que voy pasando por el tiempo fugaz, como un meteoro que se difumina en luz, sigo cantando a todas estás cosas aunque están enfermas, de tanto sufrimiento.
Tú mirada es fuego en mis entrañas agua que sacia mi sed, fantasía de miel que alborotando mis sentidos de almendro viejo, me consuela el aliento.
Enredado en tus ramas estoy como un poto en las paredes de mi cuarto, una sinfonía que seduce mi alma.
Oh, pino polvoriento del camino brillando ostentosamente, bajas a pedir clemencia con tu arrogancia desmedida, ayúdame a ser viento.
La ladera de mi alma está violentada con ese cielo gris extremo; mándame un rayo, Dios sereno, esparce el alma con tu mirada.
El socorrido lamento del viejo algarrobo, me conduce a caminos de amapolas, en un lecho de ternura y lamento; el campo, desvanecido, esperando la lluvia se muestra indiferente ante tales acontecimientos.
Un rayo de luz, un gran estruendo: los pájaros revoloteando, las nubes lloran, las margaritas ríen y yo mojándome como un tonto me quedo.
Cuando contemplo tu cuerpo extendido sobre la montaña dormida me convierto en cuna y te arropo con mis dudas.
Jugando con mi memoria con tu belleza almidonada soy un rayo reluciente alumbrándote en tu almohada.
Los niños contigo juegan te ponen ojitos, carita y boquita entreabierta; tus ojos llorosos preludian gotas de lágrimas, en las esplendorosas praderas.
El viento te corteja, eres su amante divina, contigo baila al son del revoloteo alocado de los diminutos pájaros, que te cantan melodías de fantasía en un mundo fantástico.
Sois presente, cuando estáis unas veces blancas, otras negras como el alma de los malignos
A veces, no estáis, os marcháis a la habitación del sueño con las hadas en el pasado diluido, otras futuro, esperando que el Dios sol haga su trabajo.
Sois fe y esperanza vida, enamorada de la nostalgia vosotras, pasajeras del tiempo Sois el eslabón final de todas las cosas.
¡Ay riqueza mía! como canta la cigarra al trino de mi vida, es como un laúd recorriendo tu entrepierna.
Hermosos montes, tierra agreste, marrón triste, como el alacrán que se hunde en la piedra.
Camino polvoriento, desnudo, la luna brilla en tu espalda, las vides con el viento danzan tu melodía del alma.
Almendros rosáceos, guirnaldas blancas, me aturdes la mirada cuando te miro y tú, impasible, en el camino, me regocijas con tu belleza de lienzo fino.
Zarza con moras, con espinas, eres esencia divina, entre las ruinas de la cañada tú proliferas, ser de otra vida.
Valle de horizonte amplio, veredas estrechas, río que ríe, montaña que drena la esencia de tu pasa por la ladera solitaria.
Entre las olas de tus lomas, diviso el mar azul, el marinero se quiere morir cuando contempla tu blanco azahar, tu verde primavera, tu rojo pasión, que la sangre altera en los hombres de buena condición, voluntad serena.