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Casa de las Ufonías (David Valdés Estrada)

El aroma de las gardenias secas (segunda parte)

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por - 09/03/2009 a las 03:08 (1146 Visitas)
Guillermo se hizo inexplicablemente amigo de la familia Moraga. Comenzó a frecuentar al padre con quien compartiría largas tardes de ajedrez e historias sobre Carmina. Compartiría la cocina con la señora Carmen, que le enseñaría a preparar el pan de manzana que tanto gustaba a su hija. Con sus muertes a cuestas, el buen Guille enseñó a los hermanos menores, Ernesto y Marina a evadir el dolor de la pérdida. Y fue entonces, que por todos esos detalles, logró acercarse más a la princesa muerta de la que se había enamorado. Pudo oler la vainilla en la ropa que dejó en su armario. Pudo verse en su espejo oval con detalles en bronce avejentado. Pudo escuchar sus discos de Eric Satie, y pudo hasta usar su inhalador para el asma. Pudo convertirse en ella, y caminar por los parques pensando en lo que pensaba ella. Pudo hasta pensar lo que pensaría ella de un tipo como él: “Mírenlo, si parece un árbol encantado, o una espiga de trigo que encontró la forma de zafarse del trigal y ahora anda perdido en el bosque, y yo soy la hada que podría salvarlo de su encanto”.

Cuatro citas después, en ese mismo café, Guillermo me hizo partícipe de la intensión que tuvo al buscarme desde un inicio. En dos meses se cumpliría un año del fallecimiento de Carmina y tenía la intensión de regalarle a sus padres la mejor historia de amor jamás contada inspirada en su hija. A mí, la mera verdad, la idea me parecía, más que inocente, patética. Pero asentí y le dije que le ayudaría. Le pedí que de ser posible me prestara los diarios que tomaba prestados de debajo del colchón de Carmina, para hacerme más a la idea, más a la carne de su musa muerta. Le pedí también que pidiera prestados álbumes familiares, en donde pudiera ver el desarrollo de su vida hasta sus últimos días.

Una semana después, Guillermo llevó a mi casa una caja con los diarios y las fotografías. Al tiempo que en el comedor se entretuvo con mi madre hablando del tiempo cuando fuimos niños, y de lo mucho que se acordaba de él sin que yo lo supiera, tomé la caja, subí al estudio y comencé a hojear las páginas de uno de los diarios de Carmina que estaba adornado con recortes, boletos de cine, arabescos, tintas de colores muertos y demasiada peculiaridad.
Una chispa se encendió en mis ojos, escuché el ruido del vaho aparecerse y desaparecerse frío, en las comisuras de mis orejas, y con la adrenalina a tope, aunado a la sensación de estar fascinado por el pequeño tesoro robado a una princesa caída en la desgracia, seguí indagando en las hojas aromatizadas y las gardenias secas como separadores que aún permanecían entre ellas. Los nocturnos de Javier Villaurrutia reescritos con una estilizadísima letra con tinta blanca sobre un fondo negro. “Los amorosos” de Sabines, reelaborado con recortes de palabras del periódico y de revistas. Y el “Retorno” de Huerta, escrito al parecer en una máquina de escribir antigua, pegado a lado de la foto de un muchacho con uniforme escolar y lentes, que abajo, con una letra que no era la letra de Carmina, guardaba una leyenda con plumón rojo: “prohibido olvidar”.
Después de ver que casualmente, eran todos poemas que para mí significaron demasiado en algún punto de mi vida, tuve ganas de llorar por no haberla conocido, por no haber compartido todo eso que también fue una parte salvadora y medular en mi triste y torpe forma de allegarme a la poesía. El golpe más duro fue cuando abrí el primer álbum de fotos, un álbum de tapas negras que fue reorganizado después de su muerte. En la primera página encontré una foto en donde no debería tener más de quince años, sentada a ras de suelo, recargada en una de las columnas de unos portales del centro de la ciudad, con el cabello sujetado en una cola, una mirada perdida en el pensamiento, vestida con un abrigo negro y unos jeans rotos de mezclilla, sosteniendo una libreta azul en sus manos y colgando de su cuello una reflex con el lente roto. Todo esto rematado, sobre el costado inferior izquierdo, con la fecha del momento en que fue sacada la fotografía.
Comencé a llorar como nunca en la vida. Ni el divorcio de mis padres, ni el rompimiento con mi novia, ni la muerte de tía María me robó tanta tristeza como lo que acababa de ver. Quise encerrarme en mi cuarto, y no salir nunca, morirme tal vez de paso, y tal vez conocer un día a Carmina. Pero no, estaba pensando demasiadas tonterías y debía salir, buscar respuestas, aire, oxigenarme un poco y vomitar el encanto que se había apoderado de mí en ese momento. Subí hasta la azotea, tomé una bocanada de aire y brinqué a la azotea del vecino para no tener que dar explicaciones a Guille de mi inesperada huida.
¿Porqué Guille? ¿Porqué él y no yo? ¿Porqué no pude mirarla siquiera en su lecho de muerte?
Un taxi de sitio me llevó al otro día hasta la casa. Borracho aún, apenas pude bajar del vehículo sin caerme. Llevaba todavía abrazado a mi cuerpo el álbum de fotos de Carmina y mamá al cerrar la puerta de la casa salió a pedir explicaciones de mi comportamiento. La evadí subiendo a mi habitación de inmediato y caí en un profundo sueño.
Guille iría a buscarme durante dos semanas hasta que le devolví las pertenencias de Carmina. Jamás le escribí la historia que quería. Y jamás le volví a hablar en mi vida. Al final de cuentas comprendí que la historia de Guille no era disparatada, ni cursi, ni patética. No, en definitiva supe que era posible enamorarse de una muerta con su última sonrisa. Y lo supe por una simple y sencilla razón. Yo también me había enamorado de ella y no hay día que no llore su muerte, y no hay resquicio en mi tiempo, en que no se cuele la imagen de esa Carmina quinceañera pensativa, a las siete con veinticinco de la mañana de un 8 de febrero del 2007.

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Comentarios

  1. Avatar de iadra
    ayyyyyy!! Eres un maldito genio compa! Me encantò, es una magistral obra, una estampita de coleccion.
    Què final! todo todo un placer leerte.
  2. Avatar de David Valdés Estrada
    Qué linda, hasta que por obra mágica y mística del calzón chino logré que alguien leyera mi relato. Y carámba, que mejor que usted Hermosa Cuca, que sabe apreciar las estampas que intercambiamos, y que de alguna forma atesorará en su memoria, para cuando algún Guille, o algún enamoradizo envidioso llegue hasta su puerta.

    Mil gracias, te mando un abrazo bella.
  3. Avatar de Megara900
    David, que majestuosidad de escrito. Realmente me ha encantado ;) siempre dejas lo mejor para cerrar con broche de oro, debe ser muy tentador enamorarse de alguien que ya no está, es una historia muy bonita, quién iba a pensar que al final de cuenta vos te ibas a encumbrar como protagonista, cuando en todo el relato lo fue Guille y quien iba a pensar que vos como narrador también te enamorarías de Carmina jeje que lindo escrito
  4. Avatar de David Valdés Estrada
    Bueno, queridísima Ali; realmente el narrador es alguien parecido a mí, de hecho con muchas vivencias sacadas de mí para sus vivencias de Juventud pero... No sé, creo que este narrador es un poco más mamoncillo que yo. Pero sí, tal vez muy parecido. Y bueno, eso deben ser los finales, una abrupto inesperado, una hendidura en el corazón del lector. Y qué bárbara bella, he visto la forma en que me has dado la mañana para comentar muchos de mis escritos. Se agradece, de todo corazón. La quiero amiga, es usted un amor.