Hoy lavamos la cara de la mañana
con lágrimas de tilo.
Así despertamos de la trasnoche de la luna
boquiabierta;
un horizonte largo y tendido
alcanzado por los astros,
por sus límites de timbres de aurora,
por los músculos de todo cielo que anda suelto
y sus alcores
“peatones del roce y la humedad
de la alcoba y las sábanas”
decantan en la balada de un gemido
desayunando
el mordisco de otro beso.
Los cuerpos “gravitando y rodando”
se vuelcan en el ciclo del minutero eterno
franqueando sombras, abstracciones y fragmentos
de meandros y sutiles chispazos
en pleno concierto de la piel.
Los latidos se encuadran en un marco
de la memoria de enero
y la mosqueta renace por la expectante sangre del reencuentro.
Para la posteridad
quedan inmortalizados los gladiadores de fuego
como los mártires del sueño.