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Vosotros,
los de la lluvia en la sangre,
carroñeros de savia de estrellas.
Vosotros, que nacisteis preñados de luz incómoda,
que llegasteis con un circo de fieras desdentadas
bajo el brazo
y un ejército de flores oscuras
en la nuca.
Vosotros, los de encajes de paloma
y horizontes a granel;
desde Eva y su costilla de cristal,
de calimas disfrazadas de huracán.
Sabed que un día os derrumbaréis inevitablemente,
como lobos sin olfato ni manada,
aullando y mordiendo los tobillos del viento.
Cuando ruja el frío sobre el frío
y el mar se hiele en la lid de vuestros puños
(y su sombra hierva vuestros pechos)
Tocaréis el cielo y caeréis
de culo sobre su duro lomo gris.
Otro día olvidaréis ser guitarra al despertar
ser arco iris sobre la almohada.
Tan henchidos de niebla a medianoche,
tan rotos de traspiés...
Y a veces,
a veces también os vendréis arriba;
inventaréis pulmones gigantes
para poder disparar
el grito que rompa los ladrillos de la desilusión,
y esa lágrima negra y justiciera
en el epicentro de lo inviable, clavada
en el puto corazón del mundo
y en el vuestro propio.
Y se podría decir que a ciertas alturas
de la existencia será una cuestión de estado
dibujar futuro con los ojos de las aves,
arañar con mimo la tierra vomitada.
Investidos de tragos cortos y kilométricas resacas,
entre los parámetros de mil lunes negros,
y tras la relatividad y el ozono de la suerte.
Se podrá decir que un día volasteis
en esa cámara sin gravedad
donde se relame el sol de la razón.
Y es que vosotros sabéis
que algún día habréis de apagaros
en el estómago terrible y necesario
de un dragón sabio y semidesnudo,
como una plaza vacía al anochecer
y su hilera infinita de sueños a media asta.
Vosotros, nacidos para perder.
Vosotros, el guiño de algún dios alcohólico y cansado.
Vosotros: El maloliente abono del paraíso...
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