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Curioso.
Caracas amaneció oliendo a mierda.
Asumí que simplemente era un pedazo asqueroso de ciudad que dejaría atrás en cuestión de minutos.
Pero no.
El olor se coló por debajo de los árboles, entre los puestos itinerantes de frutas frescas y me acompañó durante todo el viaje hasta el metro. Mientras caminaba quedaba cada vez más confundida e incrédula con su persistencia.
Terminé por revisarme los zapatos por si quién olía a mierda era yo.
Y a pesar de que estaban claramente limpios,
la ciudad estaba clamando,
hedionda,
y no se
ya no estuve tan segura.