Dos bustos se alzan en vuelo
bajo las plumas de un Cisne obsceno,
el mismo saborea la leche dulce del pecho,
polen que expele el pezón tieso.
Rígido es el manto que cubre el cuerpo,
la efigie inmutada por el precoz esperma
que cae gota por gota por el lápiz del clero;
sotanas que se desnudan por un simple beso.
Rosetones testigos del impúdico incesto
frente a catedrales perplejas por el desvestido sexo;
orgia de lujuriosos y profanos sentimientos
que se consumen en el río de los vicios del deseo.
El presbítero se caso con Dios y con su credo…
pero sucumbió al carnal roce de los paños húmedos
que se deslizan por la badana realzada
de una meretriz del convento.
El Cisne tuerce su cuello
y se escandaliza por el verde fruto que alimenta al coito
y al cortejo. Es un deporte, un libidinoso festejo
que hace perder los estribos
vedando el pudor y trayendo recelos.
La devota hermana sin culpa bebe del néctar del cielo
y un gemido rompe los cristales del baptisterio…
Dios sabe que hay pecado en la cintura
de esos dos seres del evangelio,
los expulsa a vagar faltos de ternos
frente a la mirada del Cisne abusador
de los muslos mancebos.
Nalgas firmes son las de Eva,
un manjar para el pervertido Cisne en celo.
¡Es qué las semillas no se fecundan
rezando sartas y rosarios ringleros!