En Alepo el aire se viste de plomo,
muchas veces de sucios pedazos de metrallas.
En cada esquina
se huele
el fantasma del hambre,
su pesada carga de pólvora
que acecha desde las trincheras
al golpe de un latido,
uno más
de tantos cientos que se detuvieron.
En las noches
uno duerme con un ojo abierto,
con el sueño escondido dentro del susto
mientras por alta voz
se anuncia por toda la ciudad
la sombra larga y extendida de la muerte.