Padre nuestro,
que te hallas, bien a gusto,
observándonos
desde algún rincón lejano del mundo;
ven por una vez con nosotros.
Deja de lado tu eternidad y vive esta mortalidad.
Satisface nuestra voluntad y déjanos olvidarte.
Danos hoy nuestro pan y también el dulce vino
que es miel para las heridas.
Déjanos caer en la tentación celestial
y su bálsamo que santifica la sangre, las vísceras, las úlceras.
Paga todas nuestras deudas
y, por supuesto, mata a nuestros enemigos.
También podrías librarnos del mal que nos hacemos,
pero
tengo serías dudas
que hagas milagros.