Las danzas de las palabras acuden
rondando el columpio, que es un péndulo para el crío que lo pone en marcha y cuenta los segundos
de un reloj casi en ausencia de tiempo
o cirugía de ese mismo tiempo, cartografiando el recorrido de la tenaz llama que ilumina el relieve continental.
El sueño acude tan rápido
como el desagüe de la fama,
echando ahí abajo los rumores inventados siempre por la envidia.
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