Ileso y dormido el eco de la infancia
golpea las paredes que se estrechan
como prensadoras del mundo,
distinta noción del dolor.
Que roto se hace escala del sol y sus
hebras.
Sosteniendo un vibrar en la punta de los dedos, casi algoritmo del peligro
que sustrae la mendicidad de la noche esclava de las sombras.
Y sus vírgenes helechos de la niñez
crecidos al amparo del miedo.
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