El cobijo de un psicótico
no puede ser su bosque interno
el escribano, que goza del material
surrealista para utilizar como terapia
su eclosión de momentos, que en voladuras comprende la vasta castración del deseo.
Sin embargo sí su propio eco
habita los versos que imprime
son alivio y desalojo del mundo
en el que nace la paranoia para
transformar todo el turbión de
la locura en belleza.
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