Y después, te abrazaré en un arrullo,
en miel de vida delicadamente anfitrión, del uso dorado de la mecida
llama, con la que te encendí.
Y, cuando te meza ligera en silencio
de un abrigo de caricias, el aroma
incensado de tu vibrar, consumiéndose en ceniza de plata
hojaldrada, culpables en el hilo
del humo disipándose en el brillo
de una noche sin nombre.
Allí nos reproduciremos, como víctimas del cambio.
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