Los sabores del silencio, son precoces
esencias de un mínimo de la catadura en solsticios de mirlos blancos,
con astucias del miedo concatenando
la lírica y el levantamiento de pesas.
La sinfonía llueve en tenencia de un lloro que cauto nos hace brillar,
primero, como pensamientos animados, segundo como personas atléticas.
Y entonces lo que miramos llenos de un,
orgullo prolífico nos mantiene en la cima subterránea, escalando y a la vez penetrando el vaporoso, yacer
de los crematorios del buen recitador.
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