Sólo el horror desencadena unas
inevitables coincidencias
que aun sin querer se desarrollan en imitaciones, como simulacros
empapelados, en el orar del sucio
campo de estrías, inflamándose
en cúspides, el hermano perro
segrega la saliva con la que se cura
y en su fidelidad no se mueve de la tumba donde hay huesos de su dueño
irrigado por el suero de la psicosis.
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