El cauce del viento no aja los sueños,
anclados a la papiroflexia del río
desde los silencios se abre una cremallera, nostalgia que guarda
versos en monederos, se mezclan
con el dinero y lo transforman
en lunares de un vestido de flamenca.
Ese taconeo transita en el cobijo
del insomnio que lleno de lírica
dibuja un croquis andante de plasticidad y lloro de ancianos
abandonados.
Desde el punto de fuga el
miedo se convierte en el deshoje
de una flor perdiendo belleza.
Y el gran villano es el tiempo
otorgado al nacer.
Que se mueve
siempre se mueve.
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