Era la noche
un cuerpo reciente y humano,
templo oxidado, de repente,
triste, solidariamente recuperado.
Era la animosidad de los vestigios,
la celebración imposible de los mitos,
un naufragio como de voces y de ecos.
Eran las noches
suaves brisas adormecidas,
ese cuerpo blando de las cosas dinámicas,
esa leve majestad de los días ordinarios
pero felices.
Ahora, de noche, todo su martirio
antiguo, abre sus piernas y prostituye
ecos, voces, trampas, estrategias, que dominan
su pureza de antaño.
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