Nadie salva a nadie
en este jardín de aposentos
contiguos y de huéspedes
desheredados. Mas hay
huérfanos soñolientos,
urbanos que usan el método,
rocíos que escarban en la tierra
con su nariz todavía humeante:
y me pregunto, obviamente,
si la protesta erguida, autónoma,
del hombre, sirve para algo.
En un mundo tan atrofiado
como su dios.
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