Vaya mi saludo hasta el cielo, allí donde está la verdadera fiesta, donde los amigos van cuando, temporalmente, nos quedamos huérfanos de ellos, sin un hombro donde recostar una lágrima, sin ese sincero amigo que consuela nuestra niña doliente cuando las cosas se ponen peor y la soledad es más grande que nuestra casa, pero no por la ausencia de un hombre sino por la ausencia de humanidad, de alguien que sostenga tu mano y te ayude a levantarse...