Borrada ya tu adolescencia,
como un mito excesivamente
recargado y santificado,
te limitas a escuchar, en voz baja,
una música cualquiera que te anime.
De tu exilio voluntario te resta
una memoria vulgar de acontecimientos
tal vez venerables aunque estúpidos.
Ni una sola frecuencia de voz
ni tampoco una sola experiencia de amor,
tu recuerdo halla o conserva. Mientes, o
tu conciencia lo hace: algún deshilachado
episodio, que a nada consistente responde.
¡Tantos ídolos que se han ido cayendo,
como portadores de una enfermedad pestilente,
y tantas molestias infatigables que te tomaste
para reconstruirlos y salvarlos! Basta
de consolaciones, quimeras, o resplandores
exiguos: quedas tú, en pie, sobre la tierra-.
©