Se me clavan a tus uñas
los áspides del fuego.
Desenterrando frivolidades
presiento el frío helado
de tu gloria asistencial.
Y en los vértices del lago
con matices de decorado,
amplío la voz ecuatorial
de un lascivo equilibrio.
Las borlas enjalbegadas
de tu pijama sudoroso
envainan mi calma en tu aposento
fúnebre. Es sexo o amor,
libertad o sutileza, libertad,
por supuesto, la que agoniza
sin armonía en su ojo sin cíclope.
La libertad tesoro o ridículo
me sustrae de pensar como a los monos.
Vivo gracias a Dios, atraigamos
los espejos vivientes de los ciervos
cóncavos.
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