Henchido como vela que a Neptuno
le ofrece de su vértice la driza,
así mi corazón, que ya es ceniza,
naufraga bajo un cielo gris y bruno.
El mar y este silencio, todo es uno.
Callando, mi velero se desliza
con su dolor en proa, y la baliza
señala que no viajo a puerto alguno.
Sin rosa de los vientos que me oriente
mi balandro ha perdido la batalla,
y en su armazón vacío, ya no halla,
otro mar que lo empuje en su corriente.
Este viejo marino donde vaya
enterrará su lastre en otra playa.