Para decir verdad, verdad quisiera
que anime a mi palabra de lo cierto,
y al pensamiento, la Verdad primera,
le descubra el sosiego de su puerto.
Un cielo en tempestad furioso espera
al embeleco huyendo en mar abierto
y lo obliga a vararse en la escollera
donde tarde o temprano es descubierto.
Mi corazón navegue siempre en calma
sobre las aguas diáfanas del alma,
con decidida voluntad bizarra;
si acaso la corriente de la duda
me lo arrastrara, la verdad desnuda
le sea en su final, segura amarra.
Saludos afables, Marcelo