Tú sabes cómo suenan mis pisadas
sobre un manto de hojas secas y revueltas,
si acelero el paso, tú imaginas
los golpes de mi pecho en las costillas
llamando a la sangre a sublevarse,
a subir peldaños de escaleras,
un cerro sin laderas, una retorcida torre,
un provocativo muslo con derecho a deslizarse;
tú sabes, que no tendré vergüenza
a gritar tu nombre desde arriba,
a poner sonido de letra en las campanas,
a arrojar en la noche botes de pintura
con la intención de alimentar tu sombra
de acabar con esa obstinación por las raíces
por esa mirada que hunde su sed en ellas.
Tú sabes, que no tendré vergüenza
a colgar las sábanas de tu cama en una cuerda,
a arrancar con suma delicadeza
los pétalos de tu cintura uno tras otro,
a arrojarme sin miedo sobre ellos,
sobre un manto de hojas secas
porque tú sabes, como suenan mis pisadas.