Así eres tú, mezquina en tu hermosura,
una serpiente de ondulante plata,
con un veneno que, si no me mata,
me conduce camino a la locura.
Rodearé tu inicua curvatura,
que esconde al áspid la maldad ingrata,
de un cascabel por ver si te delata,
peligrosa, tu presta mordedura.
Aunque siga perdido en el dislate
alerta estoy temiendo me arrebate
tu sibilino verbo que requiebras.
Que de tu boca abierta y desabrida
tengo ya el escarmiento de la herida,
señora vil de todas las culebras.