A la nada ya no le encuentro nada.
Nada de atuendos gloriosos, ni de
música de porcelana: las muñecas,
gastadas las llevo de tanto intentar
socavarla. Y es que la nada, no tiene
mirada. Ésta, la pones tú, tú la diriges
hacia ella, aunque ella es la que siempre
manda. Subalterno pues, de glorificar
el peso inmenso de la tierra, no hay nada
que en ella me detenga; parto, pues,
hacia lugares de ensueño que no están
más que en mi mente y en mi fábula-.
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