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El árbol de Navidad

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El árbol de Navidad

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El árbol de Navidad

Cuentan que hace mucho, pero que mucho tiempo, durante una fría noche de diciembre, unos niños se calentaban frente a la chimenea de su humilde hogar. Vivían con sus padres en una pequeña cabaña en medio de la montaña, y sobrevivían gracias a la madera que su padre podía vender.

Era 24 de diciembre, y los niños escucharon de pronto el sonido de alguien que llamaba con suavidad a la puerta. Corrieron a abrir y se encontraron con un pequeño niño que andaba sin zapatos por la nieve, con una simple túnica andrajosa. Tiritaba, estaba muerto de frío y hambre.

Los pequeños, conmovidos, le invitaron a entrar.
– Tienes que acercarte mucho a la chimenea para calentarte- dijo uno de los niños.
– Yo te traeré mi abrigo y mis zapatos– dijo el otro, a pesar de saber que no tenía más…

Uno de los hermanos fue a la cocina y encontró un trozo de pan que su madre guardaba para el desayuno. No dudó en dárselo a su invitado. El niño recién llegado era muy callado, apenas hablaba, pero miraba con dulzura y agradecimiento.

– Te prepararé una cama junto al fuego- dijo uno de los niños. Y arrancó de su cama la manta para hacer con ella un cómodo y cálido colchón para el recién llegado. Después, todos se fueron a dormir.

¡El milagro de la leyenda del árbol de Navidad!
Al día siguiente, un dulce sonido despertó a los dos hermanos y a sus padres. Era la música celestial de un coro de arpas y trompetas. Fueron al salón, y los pequeños vieron que su invitado ya no estaba.

Al mirar por la ventana, vieron acercarse a un grupo de niños que brillaban como las estrellas. Tocaban instrumentos de música, cantaban y bailaban.

Entre ellos, caminaba hacia la cabaña el mismo niño que les pidió cobijo la noche anterior, pero ya no vestía harapos, sino finas ropas bordadas con hilos de oro y plata. El niño llegó a la cabaña y dijo a los hermanos:

– Tuve frío y me disteis cobijo. Tuve hambre y me disteis de comer. Fuisteis caritativos conmigo, a pesar de no tener nada.

El niño tenía en la mano una pequeña rama de un abeto, que había cortado de un árbol en el bosque. La plantó junto a la casa y de pronto, la rama creció y creció, hasta convertirse en un frondoso abeto. De las ramas comenzaron a crecer manzanas, nueces, alimentos de todo tipo, y algún que otro juguete.

– Es mi agradecimiento a vuestro buen corazón- dijo el niño mientras se alejaba, rodeada por el grupo de ángeles que seguían tocando y cantando a su lado.

– Sin duda, era el niño Jesús– dijeron los padres de los dos niños.
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