Ni una ramita ni un capullo
señalan lo que está por venir,
sus ramas anchas como un reproche,
es el moho de los escarabajos,
de los pájaros carpinteros. Algo
en la base, bajo la tierra,
el jardín demasiado húmedo,
una rata o un gusano comiendo las raíces,
podredumbre que interrumpe el flujo
de la savia. No surge en él ninguna
primavera, la muerte lo mantiene
en forma invernal y la tormenta
lo desnuda aún más.
Ya le faltan los dedos, la mano y
la muñeca, pero las tórtolas se han posado
en un brazo de su esqueleto.