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Mi pequeño duende.

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Mi pequeño duende.

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danie;5024873 dijo
Desde que tengo uso de razón puedo afirmar que tengo un pequeño fantasma, un duende
heredado por las distintas ascendencias de mi estirpe.

Mi padre me lo dejó y a su vez su padre se lo dejó a él, así no sé exactamente cuántas generaciones lo tuvieron antes que yo, pero sé que esta figura adquirida, esta minúscula composición espectral de fantasma y duende es la que sosiega mis emociones hieráticas por colmarme hasta el hartazgo de los sentimientos de la vida.
Es un duende portable como un pequeño libro de bolsillo o tal vez como un amuleto se lo podría definir, lo llevo a todos lados y siempre al final del día duerme conmigo. Me protege de las noches oscuras y sin luz y de las fauces del dolor que se quieren alojar en mi cuerpo, de las anatemas corruptas que buscan una forma de carcomer mi cerebro, de las flagelaciones que deja el oxígeno al respirar el aire mefítico de la vidorria sostenida.

Este pequeño duende no es un fantasma ostentoso y ladino, tampoco es una sombra tétrica y espectral de un baluarte recinto; uno de esos fantasmas que arrastra la consternación entre antiguas panoplias de llantos y gritos condenados, que delatan incestos dentro de un cajón que se expande con las noches silenciosas o trae cadenas y aullidos de letanías con el toque del ángelus. No es nada de eso, es todo lo contrario, es obediente y humilde, también es afable y benévolo, un duende benefactor y decoroso, un tabú que me protege como en un cristal fuera de los roces perniciosos y malsanos del destino. Una gárgola guardiana del frágil templo de un alba que alumbra las quimeras matutinas.

Jamás le he sorprendido acciones de almena,
ni lo he visto traicionándome por la espalda, nunca vi en su rostro un bosquejo siquiera de una sonrisa sardónica. No tiene indicio alguno de maldad y me sobreprotege a tal manera que hasta me consiente, tal vez a eso se debe que siempre me han tratado como un caprichoso mimado, pero admito que además de protegerme, en muchos casos yo disfruto su compañía suave y serena.
Recatado andar el de mi pequeño duende de bolsillo que guarda los retratos más preciados de mi niñez, mis logros, los anhelos y sueños cumplidos de un pasado y los que en un futuro se podrán cumplir. Los guarda bajo llave en una caja escondida en mi corazón de la cual yo solo tengo acceso.
También su presencia impoluta atavía y apacigua mis momentos vacíos con un sabor boato que me da placer etéreo.

No niego que en ocasiones es un poco travieso y rebelde ya que revuelve mis cajones, esconde mi ropa interior, la tasa con la que tomo el té todas las mañanas y las llaves del auto cuando he tomado un par de copas de más, también ha espantado un par de novias que he tenido (yo creo que esto último se debe a que es bastante celoso y no le gusta compartir); pero es él quien me cobija del frío noctívago y su insomnio, quien mitiga a las inmensas sombras de la noche e impide que opriman mi pecho con sus manos abortivas de vida. Él es quien cura las heridas y da terapia a mi espíritu frente al silencio desbordante de esa soledad abrasiva. Él es quien afronta y ahuyenta al dolor que quiere lastimarme con la elipsis eterna.
Así es mi pequeño duende que pasea por mi alberge con su reluciente presencia de luz benigna, el duende que patrulla por las posibles acechanzas de las tinieblas y sus bullidos.
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