Hay un abrojo clavado en mi memoria,
una espina que estigmatiza hasta mi sombra,
un revuelto vacío que demuele los muros del tiempo
y el reloj se detiene en un instante eterno.
¿Cuál es el dolor más terrible para el alma?,
me pregunto y pienso,
será el segundo que nunca se olvida,
ese pobre intervalo es el tutor de mi tormento,
desnuda mi sangre y embiste con sus enormes alas
la fatiga de este abandonado cuerpo.
Sin ojos para ver la ternura desvanecida
y con lágrimas para perpetuar la zozobra de antaño,
para escarbar en las catacumbas
de los preciosos e infantes deseos,
de las risas impúberes
y sus danzas incansables de juegos.
Una plaza con sus toboganes y hamacas desoladas
forman un paisaje tenebroso en mi mente,
una pintura nítida con su pálido luto
que se encastra en los marcos de mi frente
y el dolor engulle mi corazón ya sin temple.
Es que solo me queda ofrecerles rosas a los muertos,
a mis pequeños muertos,
ponderarlos en un altar de gloria divina,
el insípido consuelo de sus inmaculadas
presencias en los celajes del cielo
y rezar porque me vengan a buscar de mi frío lecho.
¿Cuándo?
Cuando Dios se apiade de la costra de mis huesos
y crea que es el momento de tomar sus manos pequeñas
para apoyarlas nuevamente en mi pecho,
tal vez ahí, mi corazón comience a latir de nuevo.
Es que solo ellos tienen el poder de los Ángeles de la Guarda
para este, su frustrado guardián
que no pudo protegerlos después que nacieron.