Basta una noche como ésta,
en que el recuerdo es una misa cotidiana del
alma a la que me arrodillo,
después de la necedad del ateo,
para descubrir rostros que nunca dimitieron
y nombres que el olvido necesario, no clausuró jamás.
Ese olvido de las noches sin tristeza,
fue sólo una costumbre de no recordar las
manos y los ojos que se fueron.
fue olvidar que el alma no olvidaba.
Mi alma empieza detrás de los ojos,
y termina donde claudica la voluntad
de caminar el infinito, como una mañana
más extensa que los ojos y los pasos.
que sigue más allá de ese cansancio.
JORGE LEMOINE Y BOSSHARDT