En un fatal momento
el ánimo se confiesa:
señor, he querido morir
en un suspiro del ocaso,
bajo la luna escarlata
y su llanto que derrama el vaso,
bajo la penumbra de una acera
en una ciudad desierta,
donde se exhuma
la memoria muerta.
Señor, he querido morir
en la torre más alta
que me encierra
en ese pasado que despierta
de rostro yermo
y colmado de falta.
Señor, salva los sueños
del desdichado,
de ese cuerpo inerte
de espíritu crucificado.
Señor, salva las glorias
de esas promesas
que una vez oyeron
los oídos del amo
( el corazón quebrado).
Hoy confieso y derramo
toda esa tristeza
al ver que solo queda de él,
ruinas y pavesas
sobre enormes neblinas
que un fuego ha consumado.
Esta fue la confesión
del ánimo que veía
como la esperanza
en un rato se moría
y él, con su impotencia,
solo suplicar podía.
Un saludo, Carmen.