Hojuelas marchitas de los campanarios,
de los trinos con acordes olvidados.
Cascada seca de mi infancia
que lagrimea
nubes postradas,
guillotinadas albas,
celajes y marejadas
del cielo con su mar desterrado…
Praderas arrodilladas
sobre los bancos de mármol,
sobre las hamacas,
las calesitas
y los toboganes
de mi proscrita lactancia
con sueños de borroneadas plazas.
Ojos, teñidos de humedades y rocíos,
guardianes de los cofres de la remembranza,
de los dulces dibujos de nanas
que arropan la sangre de la cuna
con los celestinos brazos de mi galaxia.
Caballito de madera
que se mece en mi memoria,
que se columpia tras los alientos
de los diáfanos deseos del veterano tiempo.
Soldaditos de plomo y plástico
que marchan por los pabellones
de mi puericia vestida de crinolina blanca…
Quimeras de hadas,
anhelos de duendes y elfos,
de ninfas de un índigo bosque
que pintan de desgaire
los rasgos de mi adultez fría.
Candentes fábulas de caballeros y dragones,
de ranas que se hacen príncipes,
de treguas que rompen
los renglones y sus capítulos,
los anaqueles de una vidorria vacía,
y saltan a la ventana de mi pecho
abrigada de niñez concebida.
Ilusiones perdidas
renaciendo del espasmo de un corazón viejo,
logrando borrar los tristes minutos del reloj
que sepultó a mi niñez ida.
Enlazando a la luna
y trayéndola hasta mi cama
para que me maquille mientras duermo
con su polvo de rosácea mejilla.
Así pueda nuevamente soñar
con el compás
de una noche nueva de fantasías.