Las sombras como regresando al hogar
barren las ruinas urbanas,
los campos áridos
y los sueños de mi amo.
Secan al desprotegido rosal de las campiñas cautivas,
a las sarmientos que tanto me han sangrado las manos,
a los costales de café que mi lomo lastimado
tantas veces ha acarreado
para complacer los caprichos de pomposos y preclaros.
Yo sigo, acá, oculto entre cadenas y restos de opio,
esperando por mi libertad,
esperando a la madrugada y su lumbre de luna
para correr desnudo por las espigas y los cardos,
sólo con el velo de la hambruna
y los anhelos dilapidados,
fuera de los alabastros del muérdago de mi cuerpo esclavo.
Esperando a esas patronas de antaño,
esas musas sombrías que tanto teme el patrón,
brumosas efigies de pesadillas para los ojos albos,
pero para mí: grandes y devotas nanas que me cubren del dolor;
y así me guíen por las sendas
y sus estrellas veneradas por los hados del hombre blanco,
antes que los sabuesos despierten
y, de nuevo, me empiecen a morder los pies gastados.
Sombras que me guían hasta el horizonte y su ilusión,
hasta la emancipación de las costumbres del formón
y su mármol que forjó a mi corazón.