Veo a mi espectro, en mi cuarto, postrado sobre cuatro patas aferradas al techo; veo su cicatera lengua susurrándole a mi cerebro, blasfemando con ímpetu las ideas de las más obscenas fantasías. Su asquerosa cabeza gira como un carrusel de danzantes rameras y arpías, de orbes infinitos de vicio libertino.
Y detrás del humo de los cigarrillos consumidos, detrás de una cortina de hollín generado por los chamuscados sueños, veo unas aladas esperanzas que intenta volar derechito al suicidio, incluso, una vida desbaratada haciendo equilibrio en la cornisa de un precipicio.
Ese espectro soy yo; me parezco a él en imagen y reflejo, en ideas y sentimientos, en maldades y asperezas, en vergüenzas y bajezas, sólo me falta el tridente, la cola y los dos cuernitos.
En mis noches sonámbulas siempre veo a ese espectro endemoniado, a ese asqueroso ser de mi semejanza, ese ser que soy yo mismo, de ojos diabólicos y sonrisa mísera, el que espera al exorcismo que pido con mi interior de llantos y gritos.