A un centímetro...
A tan solo un centímetro del paraíso,
quedamos irremediable
y torpemente atrapados.
Se fundieron las luces.
Se calló la música.
Retiraron el confeti,
las jodidas serpentinas.
La puerta tapiada.
El hálito hueco y disidente.
Las alas desprendidas.
El corazón aplastado,
como un escarabajo seco,
abrazado al arcén
de cualquier triste y sucia
carretera secundaria.
No ayudaron
la escritura notariada
de inmunidad + felicidad
precozmente adquirida,
ni ese registro malversado
de nevadas promesas
y lealtades;
tampoco aquel trasatlántico
a punto de zarpar,
lleno de sueños con olor a nuevo,
derrapando sobre una barra
con síndrome de usher
y memoria de sirena vieja.
Allí quedamos,
calados e incrédulos.
La risa amarilla,
la saliva escarchada.
Sin explicación alguna.
Condenados a despertar,
a transitar a media luz
por los estrechos pasillos
y callejones
sin barrer de la vida.
Queríamos ser gaviotas y halcones
entre el carbón y sus brillos,
desalambrar revoluciones y estrellas,
(de esas que incendian la noche
y anidan en los ángulos
más lúbricos
y crápulas de los ojos).
Tuvimos que tragarnos
los indigestos gritos de la inocencia
guillotinada
y el excipiente de su venganza,
anudarnos las venas al suelo
y dilatar el estómago
para que nos cupiera
la porción siempre injusta
y nauseabunda
de todo aquello que le sobra
al mundo.
A solo un centímetro del paraíso
descubrimos
que hay centímetros infinitos,
...y paraísos tan delgados y exiguos
como esas líneas
de codificada sonrisa
dibujadas
en las palmas de las manos.
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