Hay un hombre que se muere por la boca,
un hombre que le sobran razones para callar,
un hombre que tiene motivos de sobra para gritar.
Que se ahoga en un puzzle de conceptos y de estrellas,
que cree que la niebla tiene orejas (y que le oyen),
que sabe que tras lo oscuro no habitan sombras con dentadura
y hambres de lobo.
Hay un hombre que a ratos precisa y profesa de dioses y métodos
que justifiquen su descomunal pequeñez;
que bendigan su intolerable instinto de bestia,
y que le permitan fotografiar desde alguna luna de Júpiter
el arco iris de sus tribales y deshilvanados hormigueros de hombre.
Hay un hombre que necesita de otros hombres
y también de mujeres:
mujeres con halo y brisas de madre,
de mujeres que alteran las mareas.
Un hombre que necesita orgasmos
tibios y sencillos (de los de andar por casa)
(los otros los guarda en el cajón donde crujen y se pudren
recortes de cielo y sus perdices momificadas).
Que también necesita tormentas de vino y litros de olvido,
toneladas de paciencia,
gramos de ilusión,
moralejas de postre y bandas sonoras para llorar
y para llevar.
...Que necesita también alas de plastilina
y paredes con olor a isla y a humo,
espejos y sus ismos,
paréntesis, brújulas y ventanas, poesía y pistolas
(estas últimas cargadas de insultos expectorantes
y transgénicas primaveras).
Pero sobre todo,
sobre todo, lo que ese hombre necesita
son unas manos que acaricien y alivien
su endiablada acidez incorpórea,
unos labios que compartan y amortigüen su dolor,
su inconmensurable dolor por llegar a reconocerse
en el turbio e infecto estanque
de la(su) memoria humana,
...dolor de no sentir dolor.
Hay un hombre que ya no necesita de amores
que viajan en burbujas
y explotan acribilladas de café y aspirinas
al amanecer,
un hombre que ya no necesita mentiras,
tantas y tantas mentiras, tan engrasadas
y bien sincronizadas como relojes suizos.
Hay un hombre al filo del abismo de la desesperanza,
a punto de romperse en un billón de átomos de insoportable lucidez.
Un hombre que entre tanto se conforma con respirar,
un hombre que ante todo sueña el triunfo del hombre,
...de ese hombre aún en proceso,
de ese hombre con H de humanidad,
y con el tan generalizado hábito entre algunos
y algunas como él
de enfrascarse en estúpidas e infructuosas discusiones
con su silencio,
a dejarse volar sin límites ni restricciones ,
a la osadía y potencial pérdida de tiempo de verter,
día tras día,
en un alarde de aseptitud infinita,
su monótono y repetitivo dolor
sobre un mudo
y jodido papel.
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