fotografía de John Stanmeyer
En tierra de nadie
el jinete vencido espolea
el lomo de una bestia
dormida.
La lluvia seca
destapa
la certeza del hueso.
Lleva la venganza del frío
y
la espina negra de la salumbre
infligidas en la mirada.
Porta en sus sombras
el equipaje de un sueño vital
sin memoria de alambre
pero
con la experiencia terrible
y azul del mar
agarrada en las venas.
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El jinete clava
su semilla de acero
en el vientre
aletargado de una roca
vedada
a sangres extranjeras.
(La montaña gris no entiende)
y su corazón es una inversión
regalada
de crisol y futuro.
Acumula el rebufo
de la noche
en el litio de sus ojos.
El vagido de los cristales
oscuros
será su montura,
su continente
y
su palabra.
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Los jinetes
cabalgan en círculos
al ralentí
de vértices y olvidos,
de culpas
y mierda entretejidas
...pero la ciudad
no les comprende,
la Urbe
no les perdona.
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En otras tierras de nadie: todos
yerguen sobre árboles,
exentos de albarán /ni savia
su bandera;
todos quieren
grabar su paraíso
en el viento,
y el viento les devuelve
(en forma de pregunta):
la incertidumbre de su piel,
las psicofonías de sus raíces,
...el afilado y
penetrante
silencio de las piedras.
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