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-Ya sé que un día habremos de reflotar
esos versos que duermen en el armario
prohibido. Bucear entre las zarzas negras
que bailan en los cajones de las noches rotas,
que escapan y rondan como polución
dolorosa de los sueños fríos-
Y hoy ando de nuevo
despotricando lluvias y agostos,
defraudador honorario del destino
in-adulto y descafeinado.
Barroco de rocíos y taras.
Hoy vengo otra vez
deficitario de estrellas,
desaprendido de constituciones
y moralejas,
prejubilado de escaparates
y puntos suspensivos.
A veces
cuando lloro en seco
y tuteo al vacío
alguien que se parece a mí
emerge desde mi sombra,
y me recuerda
que la felicidad es un eufemismo,
que soñar que la luna fuma
y brinda conmigo
cuando los girasoles no miran
solo era una maldita metáfora
de mi cadencial timidez
bien acostumbrada.
Y vuelvo a perseguir
religiosamente los infiernos,
llegando impuntual
a todas las primaveras y ultimátums.
Sondeo sirenas moribundas
en charcos con nombre de mujer
donde tiemblan
sobremanera las mañanas
y fermentan lágrimas
autómatas y furtivas;
...donde ícaros de alcantarilla
fibrilan taquicardias bajo la lluvia.
-Poetas del tuétano-
Pretéritos y decimales;
lácteos y paridos de octubres
con el ala encadenada
a la gravedad de su abismo,
(como náufragos que aman su isla).
Remolcando algún huracán
de antiguas palomas
y medias tintas
en los bolsillos traseros
de un pantalón desajustado
y desteñido.
Y es que siempre he portado
una antorcha adicta a las tormentas
y un niño ovillado bajo la cama;
una virtud acomodada
al defecto de no reconocerme,
un pueblo pequeño junto al mar
en el calendario
y el escarnio de un espejo que juega
al escondite con mi risa.
Porque viajo con una puerta giratoria
con vocación de horizonte a cuestas
justo a la diestra
de mis patentados desvaríos;
una telaraña por paraíso,
una disidencia de cremallera
guardada en el último vagón
de inextinguidas adolescencias
y alguna canción
con barba de más de cuatro días.
Y es que arrastro un desorden
de insolvencias y lubricidades
bullendo tras el ocaso arrugado
de un cuaderno amarillo.
Cien pirañas anarquistas
que se relamen con mi terror
a vientos sin veleta.
Una necesidad de nubes en el pecho
y una ruina de ambulancia
en la cartera.
Porque hoy siento
un precipicio de lunas
en el costado herido de mi alma animal,
una explosión nuclear de silencios
y tierras movedizas
bajo mi estancia,
y por más que despierto
...no amanece.
* * * * * * * * *
No he cambiado de parecer: magnífico poema Luis.
Un abrazo, Sr. Mariño, por estas latitudes...