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Morir y crecer en la granulada azúcar
de tu piel elíptica
sangrar por los agujeros que alguna vez nos vaciaron
con aquella sangre invertida de los labios salados
del viento,
entonces nos miramos entre las ramas aquellas
que se han cristalizado en un beso quieto.
Sin pretender la piel del día;
escribo los fuegos del dedo machacado
con el golpe de abanico que recibo
en las costillas cuando te nombre,
debe ser
morir y beber la agónica excitación oscilante,
debe ser
el lenguaje que adquiere mi habitación en tu ausencia
debe ser
el milésimo segundo de felicidad entre los dedos
como sacando las plumas del vientre
para que todo en ti quede expuesto,
razón precisa para dividir la noche opuesta
con los fantasmas
nuestros.
Todo aquí es un misterio:
un mordisco a la dicha
que se ha desorientado,
un zarpazo a la niebla
que de tus ojos me mira,
un apretón de piel como un abrazo
hasta desintegrar el deseo.