Sentada a la orilla de una roca grande,
la arena del mar es el todo latente
cuando cae el ocaso decapitando al sol.
Se cubre el horizonte de un velo naranja,
las gaviotas vuelan sin pasado hacia el sur,
dibujan pinceladas de amor y alegría,
por el inmenso cielo de blanco y azul.
Miríadas de estrellas escarchan el manto negro de la noche.
Las constelaciones son querellas divinas que descobijan
el zodíaco y sus caracteres y luego, aburridas, se van.
Y queda descubierta bajo cenicientas nubes en la bruma espesa,
la dama de la noche cautiva en un espectáculo floral.
E hipnotizada deja caer sus rayos sobre la poza inerte,
del rojo que obscurece a la magia del coral.
¡Y el viento sopla!.
¡Las palmeras llevan su ritmo sutil,
al secreto que embruja!.
Casta y bella imagen de la blanca luna,
en eclipse de deseos y suspiros,
por las bocas que se juntan simulando un beso,
hechizando al universo bordado con mis versos.
Embrujo de luna llena, ya he dejado de llorar
por la nostalgia gris de ese amor
que con besos traicioneros y engaños alevosos
dejó surcos en el alma
y henchido de dolor a un corazón que latía
enamorando los suspiros del destino y la pasión.