CRÓNICA DE UNA ANGUSTIA
(Sucesos que nunca se deben de olvidar)
En ocasión de las elecciones presidenciales de Nicaragua,
en Noviembre del 2011
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Voy caminando sin rumbo por las aceras vacías. Las calles están lúgubres, sólo se deja sentir el eco sonoro de la lluvia. El miedo me hace presa… pues se me pasó la hora de recogerme a obscuras tras las paredes de adobe de la casa que rentaba mi padre en la ciudad de Granada. Eran las cinco y cincuenta y un minutos de la tarde. No preciso con exactitud la fecha. Sólo sé que era un martes de Junio del año mil novecientos setenta y nueve y que pronto sonaría la sirena del Cuartel de los Bomberos anunciando a todos que a las seis de la tarde -como era ya costumbre-, teníamos que cumplir “”con el tal toque de queda””.
Ese día no se por qué, me hacía falta saber el destino de mis abuelos maternos. Me fui caminando rápido a eso del medio día hasta su casa ubicada al final de la calle Morazán. Estuve platicando abierta y largamente con “”mi papi””, Don Héctor Vado Fernández –que en paz descanse-, quien sin olvidar sus convicciones trataba de explicarme -con palabras sencillas-, el por qué estaba pasando esa nube cenicienta de incalculables errores y se había detenido ahí, justo sobre nuestras cabezas.
Cuando nos dimos cuenta, eran las cinco y treinta. Mi abuela, “”la mimi””, Doña Juana Martínez de Vado, no quería que me aventurara en el corto viaje de ocho cuadras de distancia desde la Calle Morazán hasta mi casa… y le decía a mi abuelo: “”Es mejor dejarla aquí. Déjame llamar por teléfono a Norma (su hija y mi mamá) para decirle que no se preocupe, que hoy se queda con nosotros a dormir””. Pero mi mamá, siguiendo órdenes de mi papá, a esa hora desconectaba el teléfono… exactamente media hora antes del “”estado de sitio””. A las seis, por nuestra seguridad, solamente debíamos de escuchar el zumbido de los zancudos y el canto de los grillos, en nuestro espacio reducido.
Pensando en que mi mamá estaría preocupada, decidí emprender el viaje de regreso, siguiendo al pie de la letra las instrucciones de mi abuelo. Nuestra casa estaba ubicada a la vuelta de la esquina de la propiedad que en ese momento rentaba Don Alfredo Valle. Me arpillé de espaldas. Mis brazos y mis manos acariciaban la pared bordeando la esquina mencionada, la que años después se diera a conocer que es la que vio nacer a la beata nicaragüense, Sor María Romero.
En ese momento salía de ahí Ana Margarita Cortez Martínez –pareja de Don Alfredo-, quien como amiga de mi madre, me auxilió a llegar hasta el garaje de mi casa. Golpeamos las puertas lo más quedito posible, pero mi madre nos abrió casi inmediatamente… yo que esperaba un regaño, simplemente fui merecedora de un abrazo de amor entre lágrimas (ha sido la única vez que me sentí amada por mi madre) y Ana Margarita recibió las muestras de agradecimiento infinitas de la coautora de mis días.
Una vez adentro, agachadas y guiándonos bajo la tenue luz de un pequeño foco de baterías, nos dirigimos a nuestro escondite, el recoveco más seguro de la casa… el baño del cuarto del servicio. A eso de las cinco y cincuenta y algunos minutos más (todavía no eran las seis), logramos escuchar los gritos y lamentos de varias madres vecinas, gritando adoloridas porque la Guardia de Somoza les había arrebatado a sus hijos adolescentes acusándolos de infidentes y de colaborar con la guerrilla.
No se los llevaron para engrosar sus filas. Dicen unos que los retuvieron en el cuartel de La Pólvora. Dicen otros que, a algunos los trasladaron al Fortín y a los demás, simplemente, los condenaron a morir, sin poderles comprobar que eran parte de la guerra de guerrillas; sin poder asegurar que luchaban por los sin tierra.
Esas pobres mujeres angustiadas, simplemente presentían la partida definitiva de sus hijos, quizás hacia un mundo mejor… Y, entre paréntesis, ellos quizás irían a formar parte de la tierra prometida, donde no existe un ejército genocida, donde no hay más sublevación que la de la voz de los ángeles alabando en coro al Señor de los señores, ese mismo amo que habita el universo y que es uno sólo en la Trilogía de la Santidad… Dios, quien tiene la facultad de dispersarse como polen en el aire, hacia cada uno de nuestros buenos o malos momentos.
Volviendo al recorrido del laberinto que se había formado en ese momento en mi mente, mi madre, mi hermana y yo, podíamos escuchar desde nuestro refugio, las carreras de varios hombres apresurados, asustados, hacia donde lo que los granadinos conocemos como la Zona del Canal y la Rotonda de La Hoyada. El miedo ahí latente de nosotros se apoderaba. Y mi mamá nos decía “”shshshsh”” completamente afligida. Podía ver su inquietud y el temor que le asustaba reflejados en sus pupilas negras dilatadas. Ella presionaba los dedos índice contra los labios de su boca, mientras sus brazos rodeaban nuestro cuello y, además, recuerdo como hundía nuestras cabezas (en señal de protección) debajo de sus axilas. Por un instante sentí venir un futuro incierto y perseguido desde ya por una jauría de lobos hambrientos de poder y de gloria; animales feroces vestidos con piel de cordero, engañando con sus fauces y traicionando con su labia a quienes en esos momentos aguardaban por la paz y la libertad que habían perdido. Me refiero al pueblo.
Las horas desde las seis de la tarde para arriba, simplemente pasaban con lentitud inmensurable… Claramente escuchábamos los tiros y los sonidos de metralla de las armas que ocupaban los grupos en conflicto. Sabíamos que “”los muchachos”” usaban “”AK”” y la “”guardia”” dicen que eran unos tales rifles “”GERANG”” (no estoy segura si la marca se escribe así, lo que puedo asegurar es que el temor y el miedo de todo lo que creíamos estaba sucediendo en la calle, era más tenebroso que el zumbido de las balas).
Sabíamos que en nuestro vecindario habían francotiradores apostados (en la casa de alto y con piscina a 20 varas sobre la acera que daba a nuestra casa) apuntando su vista telescópica directamente al boquete que da a la esquina de la casa de las “”avileses””. Mi hermana Patricia y yo, estábamos únicamente al recaudo de mi madre. Mi padre –después de quince días en casa-, había tenido que salir en su escarabajo blanco a recoger su salario a la ciudad Managua; las provisiones en casa ya eran galletas simples y café negro que nos estaba fiando la pulpería de Doña Lucita López. Mi papá –dijo mi madre- ya nos había llamado por teléfono tres horas antes que tocara la sirena, para avisarnos que era imposible volver temprano a Granada, que habían muchos retenes de la guardia nacional dispersados en cada kilómetro de la carretera, que lo más seguro era que nos vería “”mañana””.
Es la década de finales de los setenta… Es el inicio de la década de los ochenta, aquí en esta mi tierra de lagos, de montañas, de islas, de isletas, de volcanes… Yo, a mis escasos doce años trataba de comprender la explicación de mi abuelo Héctor, más no lograba ver muy claro ¿qué pasaba en Nicaragua?. ¿Por qué de su padecer?.