Sucedió en el atalaya una mañana de enero;
aun no salía el alba y me sorprendió Morfeo;
me sentía agobiada de recorrer el sendero,
de pensar arduamente y de llorar en silencio,
por mis cruentos desaciertos.
Soñaba como una musa en el palacio de Apolo.
En el aire margaritas sonreían a lo banal.
El cielo confiscaba a las nubes su color,
transformando el universo en celeste abrazador;
pude ver a las montañas reverdecer con la brisa,
al agua de los ríos conectarse con el mar,
a las gaviotas volar hacia el cénit del olvido,
sin pensar en los castigos, ni en fatal adversidad.
Sentada aquí en el llano, he visto a las garzas verdes
hacerle reverencia a la Santa Trinidad;
a los campos sonriendo porque salió el astro rey,
a siete golondrinas tallando aquel paisaje,
liberando con su canto el estrés que me causaba
ajustarme a nueva ley.
¡Esto fue en el atalaya!.
Entre dormida y despierta pude ver por la ventana…
mis ojos ya palpaban mi cruda realidad;
la gente caminaba de espaldas al andurrial,
los perros le ladraban a los gatos del portal,
…entonces percibí que tan sólo era mortal,
que no podía imaginar ni por un segundo ser una diosa,
cubierta de amarfiladas perlas,
o de sutiles piedras preciosas.
Y fue en el atalaya una mañana de enero,
cuando escuché aquella oda
-entre dormida y despierta-
como una canción de abril.