Los cuerpos de tela ya sonaban en su propia inspiración, el ácido de la tarde se fue transformando, espantosamente, en un vapor viscoso de color carmín.
Yo naufragando en una culpa vaga, oía cómo el sendero del viento se caía de la vegetación.
No puedo tocarla, pensé, pero me raspaba el iris, la cornea, y la serenidad. No puedo arrimarme ni un poquito, pensé, y de mis neuronas su nombre crecía, habría su propio camino, dejaba una estela de letras suyas, iniciaba, otra vez, su tétrica exploración.
Yo naufragando en una culpa vaga, oía cómo el sendero del viento se caía de la vegetación.
No puedo tocarla, pensé, pero me raspaba el iris, la cornea, y la serenidad. No puedo arrimarme ni un poquito, pensé, y de mis neuronas su nombre crecía, habría su propio camino, dejaba una estela de letras suyas, iniciaba, otra vez, su tétrica exploración.
(Enzo)