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Aquel viaje

Hay momentos en la vida, que se te quedan grabados para siempre.
Un día decidí hilvanar esos recuerdos en mi memoria y cuando llegase el momento coserlos en un papel para que ustedes lo leyesen.
Como dije antes... hay momentos en la vida que por muchos años que pasen no se te olvidan, como pasó aquel año cuando por primera vez viajamos en tren toda la familia, los siete.
Viajar en tren antes era alucinante, a pesar de esos asientos tan incómodos, de llevarte horas y horas viendo los cruces de las vías, de paradas en los pueblos, de aldeas... no como ahora que en una hora te corre España entera cómodamente sentada en un asiento confortable y con tv incluida, pero como aquel viaje que hicimos todos juntos no habrá ninguno.


Mi padre no había un día que no dijese...”No me gustaría morirme, sin ver antes a mis hermanos todos juntos”. Esa frase, era rara la vez que de la boca de mi padre no saliese. Tenía cinco hermanos esparcidos por el mundo, desde que se separaron no se habían visto. Mi padre se quedó huérfano de madre, apenas era un zagal. Él se hizo cargo de tres de ellos y de su padre (le faltaba una pierna), la hermana pequeña se la llevó su tía y la mayor se fue con una familia a trabajar sirviendo con ellos. Con el tiempo, conoció a mi madre y en menos de seis meses juntaron sus cosas y se casaron. Sus hermanos se casaban, tenían hijos, entonces mandaban a alguien para que les escribiesen y nos mandasen sus fotos. No sabían ni leer ni escribir pero eso no quitaba que estuvieran en contacto unos con otros. Siempre había una postal o una carta felicitándonos en las Navidades. Un día nos dijo...”cualquier día, me lío la manta a la cabeza y nos vamos a ver a mis hermanos”; aquel año, en una de esas felicitaciones había unas letras mal escritas de una de sus hermanas, se despedía, le habían diagnosticado “Lucemia” mi padre lloraba como un niño chico, escuchando la voz de mi hermano leyéndole aquella carta. En esa época, yo tendría unos 13 o 14 años y trabajaba como asistenta sirviendo en una casa(era el trabajo que había). A pesar de no sobrarnos casi nada, mis padres tenían algo de dinero guardao por “si las moscas”.
Mi padre trabajaba 10 o 12 horas diarias se llevaba la comida en el canasto y no volvia hasta la noche, menos el sábado en que trabajaba solo mediodía. Algunos domingos trabajaba haciendo chapuces (trabajo extra), para guardar algo de dinero. Ese día del sabado... lo esperábamos sentados alrededor de la mesa como siempre. Era día de cobro y siempre nos traía pescado frito, patatas y unas aceitunas acompañado de una botella de vino o de cerveza para la comida, mientras nos contaba cosas de él y de sus hermanos. Recuerdo aquel día que estabamos todos sentados esperándolo mi madre cambiándose de un “delantal” limpio y ansiosa de que mi padre entrase por aquella puerta. No llegaba y mi madre no hacía otra cosa que asomarse al balcón por si lo veía venir. Justamente cuando mandaba a uno de mis hermanos en busca de él, entraba por la puerta. ¡Niño!, ¿porque has tardao? Ya me tenías preocupá. Mi padre muy contento y a la vez nervioso nos decia: os tengo una sorpresa, niña, siéntate que tengo que contarte algo. ¡Bueno me siento, pero dame el dinero pá guardarlo no vaya sé que se te caiga y lo pierdas! Niña tengo que daros una sorpresa, nos vamos la semana que viene a ANDORRA. Mi madre creía que venía algo contentillo por haber tomado algun vinito o unas cervezas, pero cual fué su sorpresa que cuando puso “el sobre” en la mesa, no habia dinero sino billetes para el tren.
-!Toma, ésto era lo que quería decirte! Imaginarse la cara de mi madre y los gritos que daría pa que se enterase todo el vecindario, cuando no vio el dinero y le dijo...
Saque siete billetes de tren. Nos vamos unos días a ver a mi hermana
¡¿Quéeee? Tú no estas bueno de la cabeza!
¿Te has gastao todo el dinero en los billetes?
¿como voy a pagar a Florito, el de la tienda?
¿al ditero?
¿al de los muertos?
..¿y tu trabajo?
..¿y el trabajo de la niña?
Tranquila mujé, son solo unos días . Hablé con el encargao y con mi jefe y me guardarán el sitio. Con el trabajo de la niña no te preocupes que hay muchas casas pa servir.
-!Toma, con este dinero que me ha sobrao le pagas a Florito el de la tienda, compra comida pa el viaje y los demás que esperen hasta la vuelta...
ya no habia remedio, el dinero ya no se lo devolverían. Recuerdo todavía las miradas que mi madre le echaba a mi padre, eran puñales, jajajajaja.
Mi madre se llevaba bien con las vecinas, pidió una maleta para meter la ropa de todos. Mi hermano el chico se tenía que subir para que se pudiera cerrar la maleta jajaja. .Aquella noche nadie durmió.
Llego el día....Apenas había amanecido y allí estábamos dos horas antes a lo que había que añadirle la hora de retraso que llevaba el tren, mi madre era muy precavida y quería estar antes (por si las moscas), para que no perdiésemos el tren; mi padre contento y radiante con cara de satisfacción de no haberlo hecho antes, mi madre con cara de preocupacion pensaba lo que dejaba y lo que se podía encontrar. De vez en cuando miraba a mi padre con cara de quererlo ahogar. Aquellas horas se nos hicieron interminables, nerviosos, estábamos desesperao, ansiosos esperando subirnos a ese tren los siete, la maleta, tres bolsas con ropa de jerseis (por si hacia frío) y algunos tebeos, la talega llena de bocadillos y el bolso de mi madre (que no lo soltaba ni pa arrascarse), lleno de medicinas y 200 pesetas, ahhh y el búcaro pa que no pasaramos sed en el viaje.Tal como se iba acercando la hora mi madre nos decia: Niños, si tenéis ganas de hacer algo, hacerlo ahora que después cuando estéis reventando tendréis que aguantarse hasta que llegemos. Por fin se escuchaba a lo lejos ese pitío tan esperao...MAMÁ, PAPA ya viene, ya viene el tren, dijimos gritando. Y al verlo acercarse todos nos miramos contentos. Yo a mi padre no le quitaba ojo de encima lo veia tan contento, tan radiante que no cabía en él. Todos estabamos nerviosos por fin subíamos al tren. Era un vagon de 3ª clase, tenia una capacidad para ocho personas, los asientos eran de madera (los de 2º de skay) había un compartimento encima de los asientos para poner las maletas. Ese compartimento le sirvió a mi hermano el mas pequeño pa dormir, mientras los otros correteaban o veían tebeos. Mi padre cada dos por tres le hacia “carantoñas” (caricias) a mi madre haciéndole ver que estaba contento, mientras ella parecía que se le habia quitado el enfado, aunque no las preocupaciones. Yo asomaba la cabeza por la ventana y veía cruzarse las vias, montones de sensaciones pasaban por mi cabeza. Después de dos horas, el tren paraba; justo al lado había una fuente. Mi padre quiso bajar a llenar el búcaro y de camino estirar las piernas. Alguien se le adelantó y se puso a llenar de agua una garrafa y cuando el llenaba nuestro búcaro justo el tren pitaba y la voz de mi madre se escuchaba,...corre Juan, corre...deja eso que el tren se va. El tren se marchaba lentamente mientras nosotros mirabamos nerviosos expectantes por la ventanilla, como mi padre se subía. Mi madre atacá de los nervios y cuando lo vio subió al tren, sopló y dio un jipío que le salía desde las mismísimas entrañas. !Niño, no se te ocurra ma bajarte de ésto hasta que no lleguemos, ¿que quieres que nos perdamos a mitad del viaje? No niña, solo quería que tuviérais agua y yo estirar las piernas, el viaje es largo y los niños beben mucho.
!Ánda niños, sentarse que vamos a comer algo! Mi madre saco de la talega los bocadillos, no antes de ponerle la inyeccion de insulina a mi hermana, era diabética y tenía que ponérsela antes de empezar a comer. Hasta le enseñaron a poner inyecciones a la pobre. Antes las jeringas eran de cristal, con las agujas gordas(no tienen nada que ver con las de ahora). La llevaba reliada en una pequeña toalla en el bolso.
Con la barriga llena y esos vayvenes nos quedamos dormidos en el asiento excepto mi hermano el pequeño al que lo subía en ese compartimento pa que se durmiera. Llegó el revisor y mi padre le preguntó cuanto faltaba pa que llegásemos a nuestro destino, el cual le dijo que todavia faltaba una hora. Esa hora estuvo mas nervioso y mas pensativo. Llegamos y no veiamos a nadie, excepto un muchacho que se nos acercaba y nos preguntaba por mi padre. !Soy Antonio, hijo de su hermana Maria! Ella no ha podido venir porque sabia que érais muchos y no cabríamos todos en la fulgoneta. Ella os espera ansiosa con los brazos abiertos. Y asi fué, aquel encuentro fue acogedor. Nunca olvidaré aquel momento en que mi padre abrazaba a su hermana con lágrimas en los ojos, muy apretados como queriendo estar siempre así y no queriendo separarse. Estuvieron todo el dia y toda la noche hablando de ellos hasta el día siguiente que fueron a buscar a su hermano. El recibimiento y la acogida fué expectante, cariñosa e inorvidable también. Se llevaron dos días y dos noches sin separarse hablando y recordando sus cosas. José trabajaba como albañil en una empresa, le pidió que se quedase mas tiempo y que él se encargaria de que le diesen trabajo unos días y se pudiese llevar algo de dinero para la vuelta.
Una de mis primas trabajaba en una cooperativa de frutas, intervino por mí y allí me coloqué, colocando las frutas en unas cajas de cartones. Un trabajo que para mí significaba mucho, puesto que era el único trabajo que conocía que no era de limpiar los váter y los suelos o servir la mesa a los señores. Íbamos por unos días y nos quedamos todo un mes. Aquel viaje no lo hicimos en balde: “no hay mal que por bien no venga”. Ganamos un dinero los dos trabajando, mi padre vio a su hermana y a uno de sus hermanos, aún le quedaban otros tres hermanos por ver . Prometieron k no pasarian tanto tiempo sin verse de nuevo y así fué, a los pocos años se reunieron todos los hermanos pero esta vez faltaba aquella hermana que fuimos a ver. Aquel día, mi padre lloraba a lágrimas vivas …. de pena y de alegría.
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