Esa mañana la ciudad lucía cálida,
parecían estas ramblas sumisas,
huecas.
El andén se pierde con tu mejor sonrisa,
te alejabas.
Desando sola la ciudad callada.
Vuelvo a la casa de vidrieras rojas.
Amontoné sobre el mantel los besos desperdigados
con sabor muy dulce.
Aproximé dos copas sobre el lino de vidrio verde
y degusté el ahora.
Había vuelto sigilosa,
ajena al transcurrir de las fachadas ocre.
Con humildad deshice mi presente,
sin porvenir,
matando las promesas.