Flamean, en las ventanas,
antiguas luces encendidas.
Son voces y sueños, anegados
en tristes recuadros- habitaciones,
dormitorios, despensas; cocinas-.
Y en esa persistencia de las cosas
y los objetos inciertos, yo miro.
Poca cosa, poco que decir.
Es la retórica universal de la pobreza:
materiales torcidos que averiguan
su capacidad para formar paredes,
muros, sin otras señas de identidad que
las de la improvisación,
sin más misterio que el de las cosas decisivas.
Y así me gusta que pase definitivamente
el tiempo. Entre lloviznas y columpios
herrumbrosos.
©
antiguas luces encendidas.
Son voces y sueños, anegados
en tristes recuadros- habitaciones,
dormitorios, despensas; cocinas-.
Y en esa persistencia de las cosas
y los objetos inciertos, yo miro.
Poca cosa, poco que decir.
Es la retórica universal de la pobreza:
materiales torcidos que averiguan
su capacidad para formar paredes,
muros, sin otras señas de identidad que
las de la improvisación,
sin más misterio que el de las cosas decisivas.
Y así me gusta que pase definitivamente
el tiempo. Entre lloviznas y columpios
herrumbrosos.
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